Viaje a las Grutas


Viaje a las Grutas, provincia de Río Negro

Nuestro Primer Viaje!

               Era enero de 2002, como para entrar en contexto, Argentina era noticia en los diarios de todo el mundo por su “multicrisis” social – política – económica: cinco presidentes en una semana, los depósitos bancarios confiscados por el estado, “corralito” para los salarios bancarizados y un sinfín de bonos para usar como moneda (también llamadas seudomonedas). Entonces, nos pareció que había que hacer algo… y decidimos irnos de viaje.
              
                     Con todo lo expuesto antes, la complejidad de salir de viaje se completaba con nuestro primer auto: un Renault 12 que había sido taxi gran parte de su vida y cuya mayor ventaja era un tanque de gas gigante en el baúl. Juntamos los patacones que pudimos (Patacones eran los bonos emitidos por la provincia de Buenos Aires en lugar de los pesos, de uso legal), nos sentamos con un mapa rutero y comenzamos a pensar las etapas del viaje. Al tener un auto con GNC (Gas Natural Comprimido) teníamos la ventaja del costo (mucho más económico que la Nafta) y la desventaja de tener pocos lugares donde llenar el tanque, lo cual requería un estratégico plan de etapas con paradas técnicas.
               Desde la ciudad de Longchamps (donde vivimos) hasta Las Grutas hay 1.200 km, lo que significaba muchas paradas técnicas y una para hacer noche.
               La primer parada fue en LasFlores, una localidad de la provincia de Buenos Aires a 190 km de la Capital Federal por la Ruta Nacional N° 3. La estación de GNC no estaba sobre la ruta, por lo que tuvimos que desviarnos unos kilómetros por un camino zonal. En general esto sucedía siempre ya que las estaciones estaban condicionadas a la red de gas domiciliaria que no solía pasar por las rutas (hoy tanto el servicio de carga de GNC como la tecnología que usan los autos es muy superior a la de ese momento).
               Las siguientes paradas fueron Azul (KM 303), Tres Arroyos (KM 504) y Bahía Blanca (KM 698), en esta última hicimos noche. Fuimos derechito al Hotel Chiclana, en la calle del mismo nombre, no teníamos reservas pero ya lo conocía de un viaje laboral anterior. Particularmente nos gustó mucho su ambiente familiar, el buen trato y una muy buena ecuación entre calidad y precio. En general nunca buscamos hoteles que hacen alardes del lujo, sino que buscamos el servicio que te presta la gente que disfruta haciendo su trabajo, el resultado, lo notarán en todos los relatos, es que siempre hablamos bien de los hoteles. Este en particular es muy recomendable (ojo: este tipo de apreciación es muy subjetiva y en nuestro caso solemos tener una mirada optimista de todo).
               Bahía Blanca es una de las ciudades más importantes de Buenos Aires (provincia), su puerto y sus industrias agroquímicas la convierten en un polo estratégico en lo comercial productivo.
               Cenamos liviano y fuimos a descansar, con tantas paradas el tiempo de viaje fue más largo de lo normal y estábamos cansados. Al día siguiente nos faltaba la segunda mitad del recorrido para llegar a nuestro destino.
               Despertamos en nuestro segundo día de viaje, desayunamos y salimos a buscar una GNC que acepte los bonos; por suerte (o por mala suerte) la malaria era tan grande que creo que me hubieran aceptado cualquier cosa. Pudimos cargar sin problemas y seguimos rumbo sur por la Ruta Nacional 3 (La Panamericana).
               Saliendo de Bahía Blanca, a pocos kilómetros, está la entrada formal a la Patagonia. Un control fito-sanitario nos da la bienvenida. Luego de pasar el río Colorado, el paisaje comienza a hacerse más seco y la ruta se convierte en una recta interminable. Como el Renault no tenía estéreo (¡ni encendedor tenía!) llevamos un radio – grabador, con unos casetes (por favor expliquen a sus hijos de qué hablamos) que se escuchaba como un lavarropas viejo. Así que al son del lavarropas y tomando unos mates, llegamos a Viedma (Provincia de Río Negro), pasando antes por Carmen de Patagones (Provincia de Buenos Aires). Las dos ciudades están separadas (o unidas) por el río Negro el que luego de recorrer más de 600 km desemboca en el mar.
               Al tener el condicionamiento del combustible pasamos de largo Carmen de Patagones y fuimos a Viedma, que, según lo que nos informó un señor muy amable tenía la única estación con gas en funcionamiento de la zona. Y debía ser cierto (o el hombre le avisó a todo el mundo) ya que la fila de autos daba la vuelta a la manzana.
               Esperando en la fila, aprovechamos para cargar agua para el mate y comprar algunos biscochos que acompañen al amargo (mate sin azúcar). Nos llamó mucho la atención lo ancho de la avenida y el poco movimiento (si mal no recuerdo era la Av. Caseros, no estoy seguro), el estacionero me explicó que muchas avenidas se habían ensanchado en la década del 80, y ahí me acordé que Viedma tiene una particularidad que no creo que se repita en muchos otros lugares: le “prometieron” ser la Capital de la Nación y luego no fue; esto generó que se hicieran obras de infraestructura y luego quedaron un poco sobredimensionadas para la realidad de la ciudad.
              Viedma es una ciudad muy linda, la costanera del Río Negro es digna de una visita.
               Finalmente, luego de una larga espera llenamos el tanque y nos despedimos del GNC hasta la vuelta, por lo menos en el 2002, esta era la última hacia nuestro destino para el cual aún nos faltaban 200 km (alcanzaba justito!! y luego a nafta).
               Los primeros 50 kilómetros, luego de dejar la ciudad de Viedma, son muy verdes, se pueden ver los típicos paisajes del Valle de Río Negro, sus suelos fértiles que permiten cultivar la tierra y forman mosaicos con diferentes tonos de verde. Luego, cuanto más nos alejamos del río Negro, la aridez patagónica va ganando protagonismo.

Llegamos!

Salimos de la Panamericana y empalmamos con la ruta provincial N° 2 que nos lleva, finalmente, a la localidad de Las Grutas. A medida que avanzábamos se veía con mayor nitidez la costa y el Golfo San Matías. El paisaje no tiene desperdicio, y ese entusiasmo como el que tienen los chicos cuando llegan al lugar deseado, hizo desaparecer el cansancio de los kilómetros recorridos.
Buscamos hospedaje en hoteles y hosterías. Salimos sin reserva previa y no conocíamos los precios de la zona, por lo que tampoco sabíamos cuanto tiempo podíamos quedarnos. 
  En algunos por estar completos y en otros por quedar fuera de nuestro presupuesto, fuimos rebotando de un hotel en otro. Además, se sumó, que en la ciudad solo existieran dos locales con posnet: el casino y una ferretería; la situación agravaba el inconveniente ya que al tener los depósitos en el corralito todo el efectivo con el que contábamos, eran bonos de la provincia de al lado y no siempre los aceptaban.
  Finalmente dimos con el Apart Hotel Kette. El lugar era muy lindo (no lujoso), atendido por una familia. Ofrecía desayuno, cochera y estaba a 200 metros del mar. Con un precio que se ajustó a nuestras posibilidades, se convirtió en nuestro hogar para los siguientes cinco días (No nos alcanzaba para más).
Las Grutas nos sorprendió gratamente. Con un sol que duraba más de lo que estábamos acostumbrados y un cielo que no daba lugar a nubes, pudimos disfrutar al máximo de ese paradójico mar templado.
  Una particularidad del lugar es la diferencia entre mareas, que al ser tan extremas hace que el paisaje pase de extensas playas a una costanera golpeada por las olas, de un momento a otro. Para disfrutar tranquilos hay que leer la tabla de mareas que colocan a las entradas de los balnearios.
  Talladas en unas salientes (o entrantes) rocosas se destacan unas “piscinas” que cuando la marea alta las cubría se cargaban con exuberante vida marina, peces de todos los colores, cangrejos; imperdonable no darse un chapuzón!
  Como una constante del viaje, entre los muchos momentos de disfrute, nos sentábamos a sacar cuentas para poder saber hasta donde podíamos estirar nuestra aventura. Había que saber si sumábamos una excursión, un paseo a pie o una merienda de mate y biscochos en la costanera. En si, teníamos muchos lugares para conocer (algunos quedaron en el tintero) y queríamos hacer lo máximo posible, como siempre.
En general para comer habíamos adoptado un restaurante y pizzería que se comía excelente y los precios estaban muy bien, era Pizza Brava (Lamentablemente ya no existe...).
  Antes de salir de Longnchamps, nos habían comentado de una excursión muy interesante y diferente a lo que, en general acostumbrábamos; se llamaba “Viaje al Centro de la Tierra”. Pablo, como un gran fanático de Julio Verne no se podía permitir perderse de esta experiencia, y yo lo acompañé. El paseo, por llamarlo de algún modo, se hacía en Sierra Grande, una localidad a 150 kilómetros de Las Grutas hacia el sur por la ruta 3. En aquel entonces, la mina de hierro, que hoy está en actividad (MCC Minería Sierra Grande S.A.), estaba inactiva. Lo que había sido el principal ingreso de dinero de la zona ya no se explotaba y el pujante pueblo estaba casi desierto. Un grupo de ex trabajadores mineros, ante las necesidades económicas que tenían, comenzó a explotar la mina como atractivo turístico y así nació el Turismo Minero.
  Llegamos al pueblo y buscamos la oficina de información turística, en ese  mismo lugar se armaban los grupos que iban a adentrarse en la montaña y recorrer las galerías subterráneas de la mina llegando a los 80 metros de profundidad. Con un overol y un casco con luz puestos (la batería que alimentaba la luz del casco pesaba un par de kilos) comenzamos el recorrido.
  Nos vamos acercando al ingreso de la cueva y sobre la abertura de la tierra la imagen de Santa Bárbara (Patrona de los mineros) nos da la bienvenida, por las dudas le rezamos un poquito y nos encomendamos… ahí vamos…
  A medida que avanzábamos la oscuridad era mayor, hasta que finalmente fue absoluta. Los cascos iluminaban lo justo y necesario para que no chocáramos con nada. Recorrimos galerías, un río subterráneo y las viejas instalaciones de los trabajadores. De los 32°C que había en la superficie pasamos a menos de 15°C en la profundidad, entre la distancia que ganábamos de la luz del sol y la humedad reinante, el frio se colaba a través del overol, que por suerte nos dieron para entrar. El recorrido fue excelente, realmente disfrutamos mucho la experiencia. El guía tenía mucho conocimiento y supo contestar cada una de las preguntas que surgía del grupo. Una lástima que ya no pueda realizarse. Finalmente salimos por la otra punta, un poco desorientados y enceguecidos al enfrentarnos a la luz del sol.  Antes de entrar en la mina nos habían comentado sobre “Playas Doradas”, una localidad balnearia que pertenece a Sierra Grande y debía su nombre al tono dorado de sus playas producto del reflejo del sol en un fino polvo de pirita (el oro de los tontos) que se depositado allí, mezclado con la arena. La distancia 30 kilómetros hacia el este. Sin dudarlo salimos rumbo a la costa. El camino, en aquella época, era de ripio y se convirtió en un desafío bastante exigente para nuestro Renault 12. Pese a las piedras y pronunciados badenes llegamos sin mayores contratiempos (incluso volvimos!!). Al llegar, en uno de los letreros destacaba la frase “Disfrute de sus 500 metros de playa”. Al instante nos miramos con Pablo y comentamos lo poco que era, que accidente geográfico habría que solo deja 500 metros de playa… Una vez frente al mar vimos que la extensión de 500 metros era “a lo ancho”, caminamos las “cinco cuadras” de arena desde la calle hasta el agua. Un gran día de aventura culminado en una playa hermosa. Ya tarde, comenzamos el regreso a Las Grutas, antes cargamos combustible en Sierra Grande donde es más económico por exención de impuestos. Transitar por la planicie patagónica es muy interesante, su escasa vegetación y llanura extienden la visión por kilómetros sin que se detecte presencia humana. De repente, sobre el horizonte un poco hacia el este un repentino cúmulo de luces; llegamos, nuevamente. Ya estábamos en nuestro tercer día de estadía y fuimos a ver posibles excursiones a la Península de Valdez. Para aquellos que no conocen, dicha península es una magnífica zona geográfica donde la naturaleza ofrece espectaculares postales.
La Reserva Natural Península de Valdés pertenece a la provincia de Chubut y se destaca como uno de los principales focos de atracción turística de la Argentina. El costo de la excursión contemplaba el traslado, nos paseaba un poquito por Sierra Grande (otra vez, pero no importa), y luego de la península se estiraba a Puerto Madryn donde teníamos algo de tiempo libre para disfrutar. Contaba con guía especializado por la reserva y un refrigerio al medio día. Haciendo la cuenta de combustible, entrada al parque y demás detalles era más conveniente la excursión que ir en el R12.  Una vez que salimos de Sierra Grande (tempranísimo), avanzamos para nuestro destino principal. Lo primero que se divisa, antes de ingresar a la península, es el Istmo Carlos Ameghino que une la península con el continente, es una medianera natural que se interpone entre el Golfo San José y el Golfo Nuevo. La primera parada: el Centro de Interpretación de la Reserva donde hay mapas y material que ayuda al recorrido, muy útil en caso de no tener guía.  Un lugar que nos llamo mucho la atención, dentro de la península, por lo pintoresco fue Puerto Pirámides: es una interesante villa desde la cual se embarca para hacer los  avistajes de la fauna marina. Debe su nombre a dos formaciones geológicas, una con forma de pirámide y otra con forma de esfinge que se distinguen perfectamente desde la costa. Como un adicional al paseo contratado nos propusieron embarcarnos para acercarnos desde el agua a la reserva de los lobos marinos, lamentablemente no estábamos en la época de ballenas… hubiera estado muy bueno… Solo teníamos un billete de 100 patacones, que “supuestamente” equivalía a 100 pesos, el problema es que en esa provincia no los aceptaban (cosas que pasan en este país). En esa época teníamos aspecto de niños (el tamaño aún) y nos retiramos del local con la cabeza gacha mirando nuestro papelito, preparados para saludar desde la orilla al resto de la gente que saldría con la lancha. Evidentemente dimos lástima y en un acto de salvataje, el guía que nos había llevado hasta ahí (De la agencia Tritón) nos cambió los patacones por pesos, lo que posibilitó que hiciéramos la excursión. Lamentablemente no recuerdo su nombre (una desconsideración de mi parte) pero sigo agradeciendo el gesto. Antes de zarpar debimos esperar que Prefectura corroborara el clima para autorizarnos.  Zarpamos de Puerto Pirámide, luego de las explicaciones de seguridad de rigor y puesta de chalecos salvavidas reglamentarios. A pocos minutos de recorrido llegamos a la Reserva de Punta Pirámide, donde hay una colonia de lobos marinos de un pelo que estaban con sus crías. Cerca de ahí con los recaudos lógicos desembarcamos; los lobos son muy lindos pero con las crías cerca pueden ser realmente agresivos. El recorrido nos llevaba por la parte exterior de la península y pasamos por una zona donde anidan los cormoranes y unas grutas donde podían verse los sedimentos marinos prehistóricos. Antes de retornar a puerto, desembarcamos en una playa de aguas cristalinas donde puede hacerse snorkel. Por cuestiones logísticas Pablo se quedó con las ganas y no pudo hacerlo… Volvimos a puerto y a la camioneta que reanudaba el recorrido. Continuamos por los senderos del parque y visitamos Caleta Valdés, Punta Norte y Punta Delgada, que completan el itinerario. En cada parada se podían hacer los avistajes faunísticos; pingüinos, elefantes marinos y lobos marinos completaron dos rollos de fotos (no teníamos la cámara digital aún). Ya habíamos disfrutado de un entremés al aire libre y un poco cansados, emprendimos el camino hacia Puerto Madryn. Cyti tour y libres por dos horas para recorrer un poco de esa hermosa ciudad.
 Caminamos por la costanera y fuimos a una casa de te Galés que nos habían recomendado ubicada frente al mar (No me acuerdo como se llama y hoy ya no existe...). El servicio fue tremendo; además del Te, nos trajeron unas rodajas de pan casero, con manteca y dulces de frutos rojos. Hasta ahí era impresionante y riquísmo, pero cuando pensábamos que no había más, nos llenaron la mesa de una gran variedad de “tortitas” típicas galesas, una mejor que la otra. Era evidente que no nos cabía ni una miga más cuando la camarera que nos atendía nos ofreció hacernos un paquetito para llevar. Que suerte!! Me hubiera sentido mal mucho tiempo por dejar cualquiera de esas tortas. Ya teníamos el acompañamiento para el mate de mañana. Finalmente, en el punto de encuentro, con la panza llena y realmente cansados, nos entregamos a la combi y emprendimos el regreso a Las Grutas.  Llegamos tarde a la noche y al sobre (a dormir). Pasamos el tiempo que nos quedaba disfrutando de la playa y paseando por las cercanías. Hay mucho para ver.  Como despedida y en un acto de desprendimiento se nos ocurrió que la última cena antes de partir, podría ser en el restaurante del casino. Pese a que era una gasto más alto de lo que el bolsillo soportaba, tenían posnet y lo podíamos pagar con la tarjeta. El lugar estaba bárbaro, la comida impecable y un vinito para redondear una velada de lujo. Cuando llegó el momento de cerrar las cuentas, el bendito aparato no leía la tarjeta. La pasaba y nada… la camarera insistía en que no funcionaba y me sugería que pagara en efectivo, pero nuestras  finanzas no lo tenían previsto. Esto hacía que Pablo le insistiera a ella que siga pasando el cartón. Finalmente, luego de un buen rato la comunicación se hizo y pagamos con tarjeta. Necesitamos un rato de caminata por la costanera para refrescarnos del calor que habíamos pasado. Hubiera sido mucho trabajo lavar todos esos platos… Llegó el momento. Tenemos que despedirnos de Las Grutas, el sentimiento cada vez que nos vamos de un lugar donde la pasamos tan bien y en donde disfrutamos tanto es como el de Heidi cuando la separan del abuelito. Cargamos los petates en el R12 y muy lentamente comenzamos a recorrer las calles del pueblo hasta llegar a la salida. Gran lugar, vamos a volver. Era el final de la estadía, pero no el final del viaje, aún nos quedaban los 1.200 kilómetros de vuelta. El recorrido pensado era similar al de la ida, con las mismas paradas técnicas para el aprovisionamiento de GNC. Completamos el tanque en la YPF de la entrada a Las Grutas y pusimos rumbo a Viedma, donde volveríamos al combustible económico (muy necesario para nuestro estado financiero) Sin sobresaltos en el tiempo previsto llegamos a Viedma, nuevamente una larga fila en la estación de servicio. Nos sorprendió el calor que estaba haciendo, superaba largamente los 30°C y el aire estaba raro, como cargado.  Una vez que pasamos Carmen de Patagones y estábamos en ruta se distinguía en el horizonte algo que se asemejaba a bruma o niebla. Sobre nosotros el cielo estaba limpísimo sin ninguna nube y prácticamente no había viento. A medida que avanzábamos esa bruma se hacía un poco más oscura, más alta y obviamente más cercana.  De un momento para el otro estábamos adentro de “eso”.  Paramos en una estación de servicio a la altura de Buratovich  y aunque no lo habíamos notado el viento era terrible, lo raro era que iba hacia la nube; tanto era el viento que cuando Pablo abrió la puerta del auto los lentes de sol que llevaba puestos volaron. Los corrió y los alcanzó. Sorprendido y mirando para todos lados, envuelto en tierra y ente las cosas que volaban se metió en el shop de la estación y le preguntó a un parroquiano si la tormenta iba o venía. Como si le hubiese hablado en quechua; miró para afuera y puso cara de “que fulero se puso…”. Así como entró salió y volvió al auto, creo que yo estaba esperando con cara de susto, porque entró y dijo:

- No pasa nada, creo que la tormenta viene. Si seguimos le pasamos por abajo y la sorteamos.- Mentiroso…
No se si hicimos bien o mal, si lo más prudente hubiera sido quedarnos, pero seguimos. A la altura de Pedro Luro (más o menos) la tormenta era incontrolable (bueno, quien puede controlar una tormenta…?). Hubo que pasar a nafta el auto ya que la temperatura había bajado tanto el auto no funcionaba a gas por el frio. No se veía nada, cada tanto veíamos pasar pedazos de árboles y algunos vehículos tirados a los costados de la ruta. Íbamos a menos de 40 kilómetro por hora, el viento nos movía para los costados y el diluvio hacía que el agua se filtrara por todos lados. El Renault parecía un bidet. Las luces iluminaban casi nada, y Pablo encendió también los “busca huellas”. Tampoco. Las balizas habían dejado de ser intermitentes y no nos dabamos cuenta si habían quedado prendidas o apagadas. La lluvia en lugar de caer pasaba de costado y con una violencia que vi pocas veces. Cuando nos hablábamos lo hacíamos a los gritos por que el ruido no nos permitía escuchar nada. Finalmente, fue “amainando”. El auto recuperó la temperatura y pudimos poner un poco de calefacción, además del frío que ahora hacía estábamos mojados. Apagamos las balizas y los “busca huellas”. La claridad volvió. Se veían árboles rotos y el campo con mucha agua.


- Que tormentón! – comentó Pablo más para descontracturar la mandíbula que por la necesidad de decir algo. Los dos veníamos con los dientes apretados hacía unos cuantos kilómetros.
Llegamos por fin a Bahía Blanca que era nuestra parada para dormir, y lo necesitábamos mucho, el viaje había sido intenso. Cuando bajamos en el hotel vimos los daños que tenía el auto; el guardabarros izquierdo (de donde venían los árboles) estaba despintado, los “busca huellas” no estaban, seguramente por eso no alumbraban y estaba quemado el intermitente de las balizas, el agua y las cosas eléctricas no se llevan. Supimos luego que habíamos pasado por un tornado… y no tenemos fotos… Descansamos en “Bahía” y por la mañana emprendimos ya el último tramos de este primer viaje, primera aventura. Ahora con más ganas de viajar y de contar nuestras anécdotas a los amigos.

FIN

Flavia


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